Apuntes para un álbum de fotos de
Egipto

Hace
5000 años, mientras la mayor parte de los escasos seres humanos
que poblaban la Tierra corrían tras el rastro de los bisontes y
decoraban con pinturas las cuevas en las que ocasionalmente
habitaban, un pueblo agrícola que también se movía en busca de
la vida, desarrolló una cultura en las orillas del Nilo; los
historiadores la denominan Nagada por el lugar en el que se
encontraron sus restos. Puede que esa gente hubiera emigrado del
corazón de África, huyendo del desierto cada vez más extenso en
busca del agua, o quizás procedieran del Este, de la antigua
Mesopotamia donde dicen que estuvo el Paraíso. Por la evolución
de sus cerámicas y por el desarrollo de sus monumentos, lo más
probable es que ambos pueblos se mezclaran creando una sociedad
cuyo ideal se basaba en la firme creencia de que después de la
muerte una vida eterna y feliz esperaba a los elegidos en «El
campo de los Juncos»

Semejante
creencia provenía de antiguos misterios y dogmas que la
naturaleza y su propia tradición proporcionaba; su deseo de
trascendencia precisaba un soporte en el que explicar a los
extranjeros y en el que transmitir a sus propios descendientes su
profunda creencia en la vida eterna, expresada en un lenguaje críptico
y misterioso que sirviera también para comunicarse con los dioses
o entre los elegidos.

Una
fe tan llena de promesas necesitaba edificios tan majestuosos como
los templos y obeliscos, y de construcciones tan sólidas como las
montañas, mastabas, pirámides y tumbas, eternas moradas que los
hombres levantaron en un país de llanuras.

La
esperanza en el más allá implicaba la creencia de que la muerte
era sólo un tránsito, un viaje para el que había que proteger
los cuerpos sagrados de los reyes y los nobles con impenetrables
capas sabiamente vendadas.

Era
una larga travesía fluvial para la que había que prepararse
construyendo barcas y atesorando utensilios, joyas y víveres.

Para
no encontrarse solo, había también que elegir a los compañeros
de viaje y plasmar sus figuras en estatuillas que acompañarían
al difunto hasta el más allá. En el lugar del eterno descanso
había que recordar las hazañas del difunto y decorar por
completo sus muros con paisajes y escenas que le resultasen
familiares. A tan noble fin dedicaron los faraones sus riquezas,
los artistas su creatividad, los científicos sus conocimientos y
el pueblo sus esfuerzos.



Sin
descuidar el espíritu, y especialmente entre el III y I milenio a
de C. la vida terrena alcanzó también cotas de bienestar
reservadas a minorías selectísimas de minoritarias castas.

¿Cómo
serían los hombres y las mujeres, los ancianos, las niñas y los
bebés del Antiguo Egipto? Quizás sus costumbres no fueran muy
distintas de la de los actuales habitantes de las aldeas que
bordean el Nilo.

Tan
sólo el lago Nasser es algo que ellos no conocieron pero incluso
la construcción de la Gran Presa fue motivo de que los pueblos
del mundo se uniesen para emprender la faraónica empresa del
traslado de los templos nubios.

¿Qué
ha ocurrido desde hace 5.000 años hasta hoy para que el pueblo
cuya historia es la más antigua conocida sea hoy un país del
tercer mundo?

¿Quiénes
pasaron por allí? ¿Qué dejaron sobre su arena y qué se
llevaron?

En
cualquier caso, en el viejo país de los faraones, entre sus
ruinas o los bosques pétreos de sus columnas y minaretes, ante el
relato de sus relieves, en la profundidad enrarecida de sus pirámides
y sus tumbas que jalonan la orilla de los muertos, bajo el tórrido
sol del desierto o bajo sus bóvedas asombrosamente estrelladas,
entre el verdor de sus palmeras o el dorado de sus dunas, frente a
su perfilado sol naciente, a su nítida luna dorada o ante su
ocaso que mece a los difuntos, en la vela hinchada de sus falucas
que se deslizan veloces por el río……,



mezclado
en la sonrisa de sus gentes, en su poder de seducción, su
sensualidad, en su gran hospitalidad, en su espiritualidad siempre
presente cuando rematan sus afirmaciones con la frase: “si Dios
quiere”; entre sus luces y sus sombras, entre sus colores, sus
olores y sus sabores, en su misterio, Egipto tiene un duende
especial, un hechizo que impregna cada partícula de esa tierra
bendecida por los dioses donde permanecen aún la suavidad del
duro desierto y la verde riqueza del Nilo.
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